jun 12 2011

La historia increíble de Hiroo Onoda (I) (el soldado que no creyó en el fin de la guerra)

Desconcertante y en cierta forma tragicómica, la historia de Hiroo Onoda resume el alto sentido del beber y al mismo tiempo, la testarudez militar japonesa en la Segunda Guerra Mundial.

 

Hiroo Onoda fue el penúltimo de los zan-ryū Nippon hei (soldados de Japón dejados atrás).  Se entregó en marzo de 1976, siendo superado sólo por unos meses por Teruo Nakamura, quien se rindió en diciembre del mismo año.

 

Este oficial de inteligencia del comando Futama, desembarcó en la isla de  Lubang (Filipinas) con la orden directa del comandante Takahashi de controlar, mediante guerra de guerrillas, que los americanos no pudiesen usar los campos aéreos y muelles cuando desembarcasen, como estaba previsto.

Con la prohibición expresa de rendirse o de cometer sepukku (también conocido como harakiri, el suicidio ritual), su comandante le dijo que no importaba si su misión le llevaba 3 o 5 años, porque al final regresarían a buscarle.

Pero al llegar a la isla, los oficiales japoneses que ya estaban allí impidieron su misión, facilitando el desembarco y posterior control de la isla por parte del enemigo.

Al poco tiempo de que los aliados atacasen, sólo Onoda (ahora ascendido a teniente) y 3 hombres más habían sobrevivido a los combates: Yuichi Akatsu (soldado), Shoichi Shimada (cabo) y Kinshichi Kozuka (soldado de primera clase). Onoda ordenó retirarse a las colinas para continuar sus operaciones desde allí.

Cuando la guerra acabó el 15 de agosto de 1945, no hubo forma de hacerles llegar la noticia.

Fieles al código de honor y obediencia del Ejército Imperial, continuaron su misión.

Onoda tenía 23 años para entonces.

A partir de allí la historia adquiere visos de irrealidad.

 

Cierto día, el comando encuentra un panfleto diciendo que la guerra había acabado y además los instaba a que bajasen de las montañas. Suspicaces por naturaleza, los aguerridos soldados llegaron a la conclusión de que aquello era simple propaganda aliada dirigida a desarticular su misión.

Finalizando el año ’45, se lanzaron desde el aire octavillas conteniendo una orden de rendición firmada por el general Tomoyuki Yamashita, antiguo jefe de la defensa de Filipinas.

Onoda y sus hombres lo examinaron con detenimiento. Una vez más a la opinión fue la misma: todo era una patraña.

El pequeño grupo continuó en la clandestinidad, realizando pequeñas acciones de sabotaje.

En setiembre de 1949 el soldado Yuichi se separó accidentalmente del resto. Luego seis meses de subsistir en solitario, toma la decisión de entregarse a las fuerzas filipinas en 1950.

Su desaparición volvió más cautelosos al resto.

Ahora sólo quedaban tres.

Hacia 1952, en un esfuerzo por hacer entrar en razones  al ya obsoleto comando japonés, son arrojados desde un avión fotografías y misivas de familiares, suplicándoles que regresasen casa. Nuevamente rechazaron como cierto todo lo que veían. En la página 128 de su diario, Onoda comenta: “Si había algo que no encajaba con nuestras ideas nosotros lo interpretábamos para que signifique lo que nosotros queríamos que signifique”

 

(continuará)

 

lord_calaver@

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